Once upon in a time
Aquella mañana, todo era animación en la casa grande, desde tempranas horas de la mañana se veían personas ir y venir con jarrones llenos de flores, cintas, manteles, alfombras.
Es que una boda no era cualquier cosa y menos tratándose del benjamín de la familia, habiendo pasado considerable tiempo desde que la casa se vistiera de gala ,excepto en Hanukka, era entendible semejante alboroto.
Las criadas subían y bajaban escaleras de prisa, los niños aprovechaban el caos para escurrirse al patio a jugar pelota poniendo en riesgo la elaborada decoración, la cocina parecía una plaza de mercado rebosando con frituras, latkes, pasteles y entremeses, llevando a la cocinera al borde de un ataque de nervios, mientras se repartía entre el horno, la estufa y el flemático ayudante; quien con su habitual parsimonia observaba imperturbable el barullo, mientras la pobre hacia malabares.
En el segundo piso, las mujeres habían desterrado a los hombres, que aliviados se refugiaron en el estudio del padre a conversar “cosas de hombres” con el rabí Solomon, este había visto nacer y morir toda una generación de Androfski, asistiéndolos en circuncisiones, mitzvah, bodas y funerales, ahora le tocaba oficiar el enlace de Andrei, quien siempre había sido su favorito por su buen humor, inteligencia y nobleza de carácter.
No tuvo una infancia fácil en una Europa donde las persecuciones eran el pan del día, destacado estudiante en la universidad de Varsovia, en una época donde los de su raza no acostumbraban frecuentarla y menos estudiar lejos de sus piadosos padres judíos, que vivían con el temor constante de que su hijo se dejara influenciar demasiado por sus compañeros “gentiles”.
Si hubiesen sabido que estos a duras penas le dirigían la palabra y lo excluían de todas las actividades sociales por su “dudoso” árbol familiar ,habrían estado más tranquilos, sin entender como en una ciudad que se llamaba a sí misma “civilizada”, tenía que quedarse en la pequeña pensión donde vivía los fines de semana porque no tenía amigos con quienes salir.
A veinte años de la horrible conflagración que envolvió a Europa en una encarnizada guerra con sus vecinos germanos, tú creerías que las cosas serían diferentes, que el hombre había aprendido la lección de la peligrosidad de la intolerancia; que en las ciudades del viejo continente, las viejas disputas raciales habían quedado atrás y que los rumores de guerra eran solo eso: rumores. Que la influencia de un solo hombre sobre otros, al punto de arrastrarlos al paroxismo mientras agitaban sus puños con rabia, era una realidad lejana.
Andrei y Rachel se habían empecinado en celebrar su enlace a pesar del lúgubre panorama, corriendo el riesgo de que su alegría se viese empañada por las noticias procedentes del vecino país.
Seguramente, en la sinagoga, una nerviosa Rachel se preguntaba qué le tomaba tanto tiempo al novio para retrasarse, mientras observaba la sonrisita de picardía que bailaba en el rostro de sus hermanas; quienes, por haber pasado por la misma situación, se sentían autorizadas para burlarse de él, la actitud de su madre tampoco ayudaba: iba de un lado a otro, se asomaba a la puerta, se arreglaba el vestido, regañaba a su padre por no pararse derecho, despotricando contra Andrei por no llegar a tiempo.
Con una mezcla de alivio y profunda satisfacción, observó a la novia mientras recorría el pasillo, anhelando el momento de llegar a su lado para decirle lo linda que se veía y pronunciar el tan anhelado sí.
Con la emoción no supo apreciar la música ni la intensidad del momento, sus ojos y su mente estaban puestos en ella, la había amado desde que tenía memoria, aguardando impaciente el día en que unirían sus destinos para siempre, no le cabía duda de que era un instante que había sido escrito en el cielo y ahora por fin estaba a punto de hacerse real.
Lentamente, sin percatarse de lo sucedido, cayó al piso, aturdido, escuchó el sonido de metralla y los gritos de sus compañeros, a lo lejos, las ordenes en el idioma extranjero, un hilillo corría por su camisa, pero no estaba seguro si era sangre o sudor;mientras caía, pensaba como hubiese sido aquel día en la casa grande, de seguro que Rachel habría llegado tarde y él la habría perdonado al ver lo bonita que estaba.
Tosió tratando de encontrar el aire que empezaba a faltarle, sintió como se le escapaba el último aliento y sonrió con tristeza: no vería el rostro amado de nuevo…
Julieta Salazar de La Torree
1 comentario:
Julieta:
Muy buen material, para sus clases de historia, el que usted ha producido.
¡ojalá!, otras personas lo puedan aprovechar y que a su vez les haga proclives a movilizar la imaginación en servicio de sus alumnos.
Publicar un comentario